Trabajamos para Ayudar a los más necesitados

16 de noviembre de 2015

Desigualdad - Pobreza

Cambiar lo que hacemos y la forma de cómo lo hacemos.

Cuando la desigualdad es alta, la gente pobre carece de capacidades y bienes, desde alfabetismo hasta garantías de crédito, de manera que tiene dificultades para aprovechar las oportunidades económicas. Esto limita el potencial de una sociedad para el crecimiento en general y para el crecimiento a favor de los obres en particular, y como consecuencia la efectividad de los esfuerzos de la cooperación para el desarrollo. Al recortar la contribución económica de la población, se limita los prospectos generales de crecimiento y de mayores estándares de vida, situación que se extenderá a las generaciones futuras debido a la insuficiente inversión. Un ejemplo son las comunidades indígenas de las que, dado su estado de pauperización o pobreza, se deriva de la alineación de su acceso a los recursos, pues su ubicación y métodos de subsistencia son vistos como barrera al crecimiento económico.

La efectividad de una estrategia en contra de la pobreza depende de cómo se encaren las causas que subyacen en la existencia de la misma en un grupo social. Cada uno de estos grupos es pobre por un conjunto de razones diferentes, aunque éstas se solapen o superpongan. Sus miembros tienden a estar sin poder o capacidad en términos de su control sobre los recursos externos, en consecuencia tienden a estar en la base de los mercados laborales altamente desiguales, o totalmente marginados de las principales corrientes de los procesos económicos y desarrollo.

El resultado para todos esos grupos incluye desigualdad y pobreza en términos de ingresos/bienes y de desarrollo humano. Generalmente la pobreza grupal o determinados sectores de población que por su ubicación geográfica, por su estado o nivel de evolución o desarrollo, tiene larga historia en la carencia de factores económicos, sociales y políticos que interactúan para perpetuarles como la privación, marginalidad, opresión.

En todo el mundo, unos 3000 millones de personas, casi la mitad de la población mundial, vive con menos de 2 dólares diarios. A menos que exploremos recursos y capacidades de los propios pobres, expandiendo su libertad de elección y acción y respaldando sus esfuerzos por salir de la pobreza, la cantidad de gente pobre sólo continuará incrementándose y el impacto de la pobreza en su vida sólo empeorará. La influencia de la pobreza en la vida de los pobres es multidimensional, no sólo por ingresos y oportunidades limitados, sino también por la falta de servicios de educación y de salud, condiciones de vida antihigiénicas, hambre, agotamiento, enfermedad, inseguridad, indiferencia, abuso y una multitud más de aspectos.

Si tomamos la reducción de la pobreza y desigualdad como una medida de efectividad de la cooperación para el desarrollo, esta efectividad varía según los niveles de desigualdad. Un aspecto crucial en esta tarea es reducir la desigualdad ensanchando capacidades humanas, mediante servicios universales de educación y salud conjuntamente con acuerdos adecuados para la protección social y mejorando la distribución de bienes tangibles como pueden ser la tierra y acceso al capital.

Reducir todo esto implica no solamente crecimiento de base amplia y gobernabilidad mejorada a nivel nacional, sino también respaldo a enfoques de “abajo hacia arriba” que se concentren en los pobres y en sus papeles y experiencias en el proceso de desarrollo. Implica también incrementar los recursos dedicados a esta meta, al mismo tiempo con un uso más responsable de los mismos. Es más, implica enfoques de desarrollo que sean sostenibles, de manera que los programas y políticas destinados a mejorar la vida de la gente hoy no pongan en peligro su vida ni la de sus hijos mañana.

En dos palabras: habría que cambiar lo que hacemos y la forma en que lo hacemos.